Mal de Diógenes

Ataque

Se nos ocurrió de la nada, un día en clases uno de nosotros dijo que podríamos juntarnos una tarde a jugar, algo tan sencillo como eso. Todos teníamos algún juego de salón así que nos íbamos a turnar. El primer viernes nos juntamos en la casa del Peineta, le decíamos así porque siempre estaba bien peinado con gomina. Esa tarde jugamos a la Gran Capital y nos matamos de la risa todo el rato, la nana del Peineta nos trajo pan con mortadela y mantequilla y una jarra de Cola Cao tibio. Nunca antes había lo había probado, en mi casa a veces compraban Milo. Mientras comíamos vimos un poco del partido del mundial, el arquero de Argentina se había fracturado una pierna al tirarse mal para evitar un gol de Rumania.

La semana siguiente fue mi turno de llevar un juego, esa vez íbamos a la casa del Cabezón porque había salido sorteado, en dos semanas más me tocaba a mí poner la casa. Nos organizamos al salir de clases porque yo y el Chuleta no teníamos teléfono; nos íbamos a juntar a las cuatro, uno iba a llevar galletas, otro papas fritas y el Cabezón dijo que iba a comprar una bebida. Apenas terminé de almorzar me había encaramado al closet de mi pieza y había sacado de su refugio de telarañas y polvo un juego que no jugaba hace varios años: Ataque. Era sencillo, un mapa del mundo dividido en provincias, unas tarjetas con territorios que se barajaban y repartían, y unas cajitas con fichas de distintos colores. Cada ficha era un ejército y la idea era ir conquistando más provincias. Los duelos se resolvían con la justicia magnánima de los dados. Era un juego muy divertido si todos los jugadores estaban entusiasmados.

Con cuidado puse la caja en el fondo de un bolso procurando que se mantuviese el mayor tiempo posible en su posición horizontal porque si no, el caos del centenar de fichas de colores dentro del bolso sería tremendo. Junté algunas monedas que había en mi cajón y me alcanzó para dos paquetes de obleas, nada mal, y me habían sobrado justo los cien pesos necesarios para pagar la micro de ida y de vuelta. Todo iba bien hasta que golpearon la puerta y apareció mi papá, que no debía llegar sino hasta tres horas más, ahí se enredó todo. Cuando mi mamá abrió la puerta, la cara de mi padre lo decía todo; ojos bien abiertos y los labios forzadamente rectos. Yo vi todo desde el pasillo, pero por la posición de mi mamá supe que iban a ser malas noticias. Mi papá le puso las manos en los hombros, él es mucho más alto que ella, luego le dijo casi como un murmullo un par de frases que no entendí. Mi hermano salió de la pieza como intuyendo que venía algo grande, así como esas tardes nubladas en que no hace mucho frío, pero las nubes negras y el viento que corretea te avisan que viene la lluvia.

No entendí lo que se dijeron, pero mi mamá se puso a llorar a gritos, nunca antes y nunca más la vi llorar así. Pateaba el suelo y le pagaba unos combos ridículos en el pecho a mi papá que solo cerraba los ojos y los recibía tranquilo. Mi hermano, mucho más chico que yo, había visto todo y aún sin entender ni una mierda de lo que pasaba, también se puso a llorar. Mi mamá lo tomó en brazos y se metió a su pieza a seguir llorando los dos abrazados, al pasar al lado mío me empujó sin querer. Quedé de pie en el pasillo mirando de frente a mi papá, yo llevaba en mi mano derecha el bolso listo con el juego y las galletas y mi mano izquierda estaba en el bolsillo manoseando las dos monedas de cincuenta para la micro. Mi papá tomó ese tono solemne que ocupaba solo para las fechas importantes o las malas noticias y me dijo que mi abuelo había muerto. Un ataque.

Mi papá, breve y eficientemente, me explicó que había comprado pasajes para que fuésemos al funeral que sería el domingo, que preparara mis cosas porque partiríamos al terminal a las nueve. Dicho esto, se metió a la pieza donde mi madre lloraba abrazada a mi hermano. Me quedé solo en el pasillo. La noticia me había atravesado de un lado a otro, me dolía hasta respirar. Entendí porque mi mamá había aullado de dolor, pero yo no podía. Sentí la presión en mi garganta, pero nada salía de ella. Esperé un par de segundos escuchando los sonidos de la casa, llantos por allá, pasos por acá. No quería eso. Apreté fuerte la mano que sostenía el bolso y salí. Fui a la casa del Cabezón y jugamos por horas. Gané la partida de Ataque, vimos de reojo la goleada de Alemania sobre Emiratos Árabes Unidos y nos llenamos con galletas, papas fritas y bebida.

Al llegar de noche a la casa, mi papá fumaba de pie ante la reja, al verme llegar se acercó con la cara desfigurada por el enojo, pero cuando se acercó no me dijo nada. Me siguió mientras yo entraba a la casa, sacaba el juego del bolso y metía la ropa que me habían elegido para el viaje funerario. Mi mamá emergió de su pieza con los ojos hinchados justo cuando cerraba mi bolso. Me abrazó y me dio un beso en la cabeza, luego le hizo una caricia casi imperceptible en la mano a mi papá. Mi hermano se asomó por la puerta y nos vio a los tres. Me senté en la cama y me acordé porque me había escapado de la casa por un par de horas. Me puse a llorar, primero solo con lágrimas, luego a sollozos, por último con alaridos. Mis padres me abrazaron y mi hermano me dio unos golpecitos en la espalda.

Nadie dijo nada, nadie dijo nada.

Sobre el autor

Rodrigo Muñoz Cazaux

Guionista y productor en rehabilitación
Probable profesor, posible procastinador, prematuramente perpetuador de pautas principalmente parasitarias
Escribe, habla y baila un poco