Cinefilia

Machuca. Revisión de Cine Chileno #001

A varios años ya del estreno de “Machuca” se puede decir que es una obra instalada en el imaginario colectivo, con poco más de 65o mil espectadores es la sexta película más taquillera en la historia del cine chileno, se dio en televisión, gana como mejor película el Festival de Cine de Valdivia y el de Viña del Mar y suma luego premios en Vancouver, Lima, Bogotá, Filadelfia y La Habana, además de muchas nominaciones, y hasta el día de hoy se asocia en Chile el apellido Machuca a este film.

Esto es el resultado de una producción de gran nivel técnico para la época que le permitió además un alcance internacional, como también del tema abordado: los días previos al Golpe de Estado de 1973 en la mirada de unos niños de distinta clase social. Y aunque parezca curioso es, después de 30 años, la primera película de ficción realizada en suelo chileno que se instala en Septiembre de 1973.

La trama del cuarto largometraje dirigido por Andrés Wood (“La buena vida”, “Violeta se fue a los cielos”) está inspirada en hechos reales, un proyecto de integración social llevado a cabo por sacerdotes en un colegio de clase alta, todo esto en un contexto muy polarizado políticamente durante el Gobierno de la Unidad Popular. Niños provenientes de un campamento cercano al colegio ingresan a estudiar al Saint Patrick’s College (en la realidad fue el Saint George’s College). Es así como Pedro Machuca (Ariel Mateluna) conoce a Gonzalo Infante (Matías Quer) generándose una amistad que en un principio omite el clima de tensión política. Todo lo ocurrido lo vemos desde la mirada de Gonzalo, con quien vamos descifrando la descomposición de su entorno familiar y social. Gonzalo está en una situación económica privilegiada, su padre (Francisco Reyes) apoya el Gobierno de Allende, pero su compromiso es tibio desde la comodidad, por otro lado su madre (Aline Küppenheim) es una cuica apolítica que tiene un amante mucho mayor (Federico Luppi) que apoya la sedición, es así como obtiene ciertos beneficios materiales para su familia. Por su parte Pedro Machuca posee claras carencias materiales, tiene un padre alcohólico (Luis Dubó) y su madre es una pobladora que trabaja en el campamento (Tamara Acosta) , además tiene un hermano de meses. Otros personajes importantes son la adolescente Silvana (Manuela Martelli) que completa el trío de amistad de los jóvenes y el sacerdote del colegio Father McEnroe (Ernesto Malbrán), quien lidera e impulsa con vehemencia el proyecto de integración escolar.

Cabe subrayar las interpretaciones de Manuela Martelli, quien venía de su aplaudido debut en “B-Happy” (2003, Gonzalo Justiniano) y que otorga frescura y humor, de Aline Küppenheim que matiza su frívolo personaje y del descubrimiento que resultó ser Ariel Mateluna, con mucha naturalidad y una increíble expresividad en su mirada. El trabajo de arte es conciso, pero relevante, un área que luego ha adquirido importancia y calidad gracias a series para televisión como “Los 80” (producida por el mismísimo Wood), la fotografía de Miguel Joan Littin y algunas recordables secuencias musicales realizadas por Miguel Miranda y José Miguel Tobar, ayudan a completar lo destacable de una película que se inscribe a esta altura como un clásico del cine chileno.

Imposible no mencionar dos obras de las cuales “Machuca” se alimenta para la creación de sus universos: el documental “La batalla de Chile” (1975-79, Patricio Guzmán) que otorga sobretodo la iconografía del espacio público (murales, pancartas, ropa), y de “Au revoir les enfants” (1987, Louis Malle) que ejemplifica la atmósfera al recinto escolar y cristiano.
Lamentablemente hay escenas de supuesta relevancia que se vuelven forzadas, como el discurso de la madre de Pedro en la reunión de apoderados o la escena final cuando Machuca se despide del Father McEnroe,  un artilugio dramático que, al compararlo, no posee la fuerza de “Dead Poets Society” (1989, Peter Werir).

Desde “Historias de fútbol” (1997), Andrés Wood se fue formando en el oficio de narrador, dando poco espacio a la poética, los hechos suceden sin dobles intepretaciones. La escena más “extraña” en ese aspecto es hacia el final, cuando Father McEnroe se come todas las hostias, dando a entender que ese ya no es un lugar sagrado, la pureza infantil se ha terminado. De ahí en adelante los niños pasan a ser hombres, la mirada ya no es inocente, el horror se hará presente sin disimulo como pronto lo descubrirán los protagonistas de esta historia.

 

Película en la visagra

“Machuca” es un fenómeno que ahora parece irrepetible. Se estrena en salas hábilmente en Agosto del 2004, el año anterior había existido gran cobertura mediática por los 30 años del Golpe, Pinochet estaba siendo procesado y de a poco se iba desempolvando la Historia. Visto con distancia era un momento de silenciosos cambios dentro del contexto sociopolítico y cinematográfico del país.

Se avecinaban los últimos años del gobierno de Ricardo Lagos, el descontento social aumenta y la necesidad de transformación aparecería comandada por nuevas generaciones, recordemos que las movilizaciones estudiantiles de secundarios se fueron gestando silenciosamente hasta reventar el 2006 en marchas y tomas históricas. De manera consciente o no, “Machuca” sitúa el conflcito en torno a un colegio, a través del personaje de Father McEnroe se establece la necesidad ética de que la educación sea igualitaria independiente de la condición económica, lucha a la que se adhirió la mayoría de la población durante los gobiernos de Bachelet y Piñera; en este sentido sería absurdo entender la película como una mera cinta de época, sobretodo si se considera que su violento final acaba con los ideales de igualdad y justicia que repercuten en pleno siglo XXI. El impacto de ser la primera película que revivía los días alrededor del Golpe (aunque sea desde una mirada infantil) generó una nueva polarización del público lo que dejaba en evidencia los resquemores del pasado. La gente de derecha envió cartas a los periódicos alegando la entrega de fondos estatales a una obra que incitaba al odio y que falseaba a su conveniencia hechos como el desabastecimiento o la violencia militar. Incluso, con esos argumentos, la encargada de una sala de Cine en Osorno se negó a proyectarla. A su vez la gente de izquierda la calificó de amarilla, pues su condena al mundo golpista era leve y jugaba al empate.

Tratando de ser justos, a “Machuca” se le exigieron soluciones que iban más allá de la historia que se estaba contando y aunque es cierto que las clases sociales están mayormente estereotipadas  a través de sus personajes, el afán de hablar de un problema país a partir de una particularidad, generaría de una u otra manera ciertos clichés en los personajes y en las subtramas. De todas formas el público general le entregó el aplauso inmediato y, de manera más emocional que reflexiva, operó finalmente la memoria obstinada.

A inicios del siglo XXI el cine chileno empezaba a cambiar de rumbo, la disminución de costos con nuevas tecnologías digitales, el trabajo de las carreras audiovisuales y de Cine, la aparición de fondos y un evidente cambio generacional  de los creadores aumentarían la cantidad de obras y se diversificarían las temáticas.

Si revisamos las películas chilenas estrenadas en esos años podemos aventurarnos a decir que “Sábado” (2003, Matías Bize) fue una de las primeras señales de renovación y en el mismo 2004 existen hitos interesantes en la cartelera que aventuraban lo que sería con el tiempo un nuevo panorama creativo: la excelente e interesante “Y las vacas vuelan” de Fernando Lavanderos deja entrever la veta experimental que se seguiría desarrollando por algunos autores, aunque con escaso apoyo del público; “Promedio Rojo” de Nicolás López con un estilo que bebe principalmente del cine comercial e industrial Hollywoodense sumado a un fuerte trabajo de marketing dirigido a la juventud, logra llenar salas, y es ahí en la comedia hilarante el único género donde actualmente se advierte una cantidad considerable de espectadores. Se suma además ese año el retorno de Raúl Ruiz filmando en su tierra natal con “Días de Campo” volviéndose un referente esta vez para nuevas generaciones de cineastas que buscan algún tipo de identidad y continuidad en la cinematografía local. La aparición de “Machuca” ocurre durante estos cambios, aunque no es el cambio ni la causa del cambio.

Andrés Wood (junto con Boris Quercia) era, en el mundo de los cineastas chilenos, el joven de los viejos y el viejo de los jóvenes. Y “Machuca” en su forma estética y narrativa está más cerca de ser una película de los 90s que a ser parte del novísimo cine chileno. Sin embargo su aspiración internacional, a pesar del habla chilensis, su punto de vista que enfrenta el hecho traumático de manera más directa que el cine de exilio y el de transición (nunca superando al género documental que es sin duda el que más ha hecho frente al tema), la intuición sobre el tema educacional ya mencionado, la aparición de nuevos rostros protagónicos, producen que su envejecimiento sea menos evidente.

 

Los curaos siempre dicen la verdad

La amistad entre Machuca e Infante está construída en base a la comprensión del otro, ambos conocen la casa, la familia y las carencias del otro, ya sean materiales o afectivas. Silvana tensiona la amistad de la tríada con su fuerte personalidad y con un discurso político más radical, a pesar de su corta edad. Es ella quien acentúa la diferencia de origen socioeconómico y es sin duda la pelea en la marcha entre Silvana y la mamá de Gonzalo la que detona el quiebre, pues es en la intersección de los mundos en que la realidad nacional no puede quedar indiferente a nadie. Las marchas, las colas, la prensa está siempre presente alrededor de las preocupaciones más inmediatas de los niños. Pareciera que los Hawker Hunter ya habían despegado hacia La Moneda y nadie los quería ver. Ahora con el favor del tiempo podemos observar todas las señales, pero es interesante pensar cuantos y quienes, al igual que los niños, mantenían esa ingenuidad.

Además de la recreación lateral de un momento importante en la Historia de Chile, esta obra parece indicarnos que en esta sociedad de enorme desigualdad, la armonía entre clases es frágil y aparente, pues frente a un pequeño conflicto, el material de la cuna se impone en las diferencias y en las cuotas de poder. La broma en que Silvana y Pedro se llevan la bicicleta provoca que aflore la peor herencia de Gonzalo y su clase, la rabia brota en palabras que no esconden el desprecio, un desprecio visceral, sin mayor fundamento que el miedo y la distancia que se quiere establecer. Y aunque Gonzalo trata posteriormente de enmendar lo ocurrido en su visita al desalojo del campamento, vuelve a imperar su origen socioeconómico como refugio de salvación. Las escenas finales de Gonzalo son una buena analogía a lo que sería el Chile de los años siguientes, pues quien ya tenía una buena situación económica, tiene ahora aún más comodidades, más lujos, más futuro, más pasto. El campamento de Machuca ya no existe, sus pobladores no sólo pierden lo poco y nada que poseían, sino que ya no están, desaparecen del mapa. Aunque como fábula se entiende que la fraternidad y dignidad que halló Gonzalo en sus amigos de infancia, desaparecen (o desaparecerán) en su nueva vida aún más ostentosa.

“Machuca” nos dejó algunas escenas imborrables como la presentación en la sala de PEDRO MACHUCA, el viaje de Pedro y Gonzalo en una roja bicicleta CIC (ahora conocidas como bicicleta Machuca y que subieron de precio luego de la aparición de la película), el alumno gritando en el patio del colegio “¡Milicos culiaos! ¡Váyanse a los cuarteles!”, los besos con leche condensada al borde del río que marcan el despertar sexual en la adolescencia y las palabras del padre borracho que son las que conectan hacia el Chile actual, pues entendemos que las diferencias de oportunidades, dependiendo el origen socioeconómico, sigue siendo abismante y que esta idea igualitaria planteada en el film no fue más que un proyecto fallido, saboteado por los dueños de los chanchos. En el Chile de “Machuca” los curaos siguen siempre diciendo la verdad.

 

Machuca
2004
Andrés Wood
Wood Producciones S.A

 

Marzo, 2018

Sobre el autor

Butaca Martínez

Cinéfilo sin escapatoria, guionista inencontrable, cronista de tiempo vivo, glazómano compulsivo, recolector y distribuidor de ideas, atento al acontecer del mundo existente entre la feria y el paradero de la micro.